Siempre decimos que tenemos que vernos.

Hay personas con las que hablamos todo el tiempo, pero a las que hace mucho no vemos.

Le mandamos un mensaje. Nos responde con un audio. Le contestamos cuando tenemos un rato. Nos reímos de una foto, comentamos una historia o preguntamos cómo salió algo que nos había contado.

Y así seguimos.

Sabemos algunas cosas de su vida. Esa persona también sabe de la nuestra. Si pasa algo importante, probablemente nos escribamos. Si vemos algo que nos recuerda al otro, se lo mandamos.

Estamos en contacto.

Pero, a veces, pasa algo curioso: podemos hablar con alguien durante toda la semana y no encontrar un momento para sentarnos a charlar cara a cara.

Entonces aparece esa frase que tantas veces dijimos y tantas veces escuchamos:

«Tenemos que vernos».

Y sí. Tenemos ganas de vernos. El tema es que todavía no sabemos cuándo.

Cuando tenga un rato

Esta semana se complicó. La próxima parece más tranquila. El sábado tenemos cosas que hacer y el domingo queremos descansar.

«Cuando esté más tranquila, nos juntamos».

Y lo decimos de verdad. No es una excusa inventada ni significa que esa persona nos importe menos.

La vida tiene sus tiempos. Trabajamos, estudiamos, cuidamos a otros, resolvemos problemas y llegamos al final del día con ganas de no hacer absolutamente nada.

A veces, lo último que necesitamos es sumar otro compromiso a la agenda.

Pero hay algo que casi nunca pensamos: el momento ideal también puede convertirse en una forma de seguir esperando.

Esperamos tener tiempo. Esperamos estar menos cansados. Esperamos que se acomoden las cosas.

Y mientras esperamos, la vida sigue.

Y los días pasan

Primero pasa una semana. Después, un mes.

Llega un cumpleaños y mandamos un saludo. Alguien nos cuenta una novedad por mensaje. Vemos una foto y pensamos: «¡Hace cuánto que no nos vemos!».

Hasta podemos decirlo varias veces.

Pero el encuentro sigue sin fecha.

No hubo una discusión. No dejamos de querernos. Nadie tomó la decisión de alejarse. Simplemente, el tiempo pasó y nos acostumbramos a que hablar fuera suficiente para seguir en contacto.

Hasta que un día nos damos cuenta de algo: ya no recordamos cuándo fue la última vez que compartimos una tarde, un café o una charla sin mirar el reloj.

Y eso llama la atención.

Porque el tiempo no siempre pasa con grandes cambios. A veces pasa así, de a poco, entre mensajes, días de trabajo y cosas que parecen más urgentes.

Mientras tanto

Una charla que empieza con un «¿cómo andás?» y termina hablando de cualquier cosa. Una risa que no se puede explicar por audio. Un abrazo después de un día difícil. Unos mates que se alargan porque nadie tiene apuro por irse.

No hace falta hacer un gran plan. Ni organizar una salida especial. A veces, lo mejor de encontrarse es justamente no tener nada extraordinario que hacer.

Y claro que los mensajes importan. A veces son la única manera de estar cerca. Nos ayudan a acompañar, preguntar, escuchar y compartir incluso cuando estamos lejos.

Pero estar en contacto y compartir un momento no son exactamente lo mismo.

Podemos querer mucho a alguien y, aun así, pasar demasiado tiempo sin verlo.

Quizás no siempre podamos encontrarnos cuando queremos. Hay distancias, responsabilidades y situaciones que no dependen de nosotros.

Pero otras veces sí podríamos hacer un lugar. Aunque sea pequeño. Aunque no sea el día perfecto. Aunque solo tengamos una hora.

Y vos, ¿en quién pensaste?

No hace falta que respondas en voz alta.

Pensá un momento.

¿Quién apareció en tu cabeza mientras leías esto?

Tal vez sea esa amiga con la que siempre queda pendiente la cervecita. Un familiar al que hace mucho no visitás. Alguien con quien hablás seguido, pero a quien hace tiempo no tenés enfrente.

Quizás no puedas verlo esta semana. Quizás todavía no sepas cuándo.

Pero, si tenés ganas de encontrarte con esa persona, podés empezar por algo sencillo: escribirle, proponer un día o dejar de esperar a que todo esté perfecto.

No para cumplir con una obligación. No para tachar algo de una lista.

Sino porque hay personas con las que vale la pena compartir algo más que las novedades de la semana.

A veces decimos «tenemos que vernos» porque de verdad queremos hacerlo.

Ojalá alguna vez esa frase deje de ser una despedida por mensaje y se convierta en un encuentro.

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